You don't see me at all...
Una fría llovizna cubría la noche. La luna, llena en todo su esplendor, eclipsaba la luz de las estrellas. El cielo vigilaba una figura solitaria, a orillas de un oscuro lago. Esa figura, vestida con su ceñida levita, jugaba con el florete que llevaba colgado del cinturón. Habían empezado a ponerse de moda unos artilugios diabólicos, que gracias a la pólvora, inventada por los habitantes de las lejanas tierras del Oriente, mataban sin remordimiento. Pero él seguía confiando en su acero, que tantas veces le había ayudado en los duelos celebrados en las pestilentes callejas de la ciudad. Jugaba, decíamos, distraído, sumergido en sus pensamientos, mientras escuchaba el ulular de las lechuzas y la música del agua fluyendo en la pequeña cascada que se encontraba a su lado. El lago parecía tranquilo, pero él sabía que en el fondo de las frías aguas, se encontraba su alma, atrapada en los brazos del hada que un día lo enamoró…
Oculta tras los árboles, apoyando su espalda en el tronco de un frondoso ejemplar, ella miraba hacia el infinito. Sus blancos tules habían sido rasgados por los arbustos en su huída desesperada. Su pecho, abultado y sensual, se agitaba nerviosamente, humedecido por el sudor de la carrera, y por el rocío que se posaba en su piel por la llovizna. Sus ojos igualmente, aunque perdidos en un mundo distante, estaban humedecidos y brillantes. El llanto llamaba a su puerta, y ella sabía que no podría impedirle el paso. Ella también jugaba, distraída, con un jirón de su falda. Sus párpados pugnaban por cerrarse, para permitir que las lágrimas resbalasen por sus mejillas, pero su mente, perdida en sus sueños, la hacía mantenerlos abiertos, pues le advertía del peligro de que, al ser cerrados, los sueños se tornasen pesadillas. El cántico de la cascada la recordaba aquella noche de verano, con la luna llena, como esa noche…El baño que se dio para paliar el calor, y al salir…su caballero…su salvador…la misteriosa figura que la enamoró…
¿Qué habrá sido del hada que se llevó mi alma? Se preguntaba él. Desde aquella lejana noche de verano, iba a diario a aquel lugar. Le preocupaba más el bienestar de la dama del lago, que su propia cordura. Las blancas vestiduras, pegadas a su cuerpo, traslúcidas, que invitaban a abrazarlo y protegerlo… La dama salió del lago. Él la miró, embelesado, y le ofreció su levita para protegerla del viento que mecía las hojas de los árboles. Ella respondió con una tímida sonrisa, bajando la mirada, en cierto modo temerosa. Él supo entonces que ese adorable ser, le acercaría a la locura. Pero la locura era un mal deseable, si por ella, podía tenerla entre sus brazos.
¿Por qué- pensaba ella- no responde a mi llamada? ¿Por qué-se repetía- vengo aquí cada noche, y me siento bajo la copa que un día nos sirvió de dosel, y él no aparece? Sin duda está inmerso en un duelo a muerte, un duelo eterno, que lo alejará de mi. El olor de
su melena aún permanecía grabado en su mente. Si cerraba los ojos, y se dejaba llevar por sus sueños, lo olía…era tan dulce…que parecía pura miel en sus labios… El calor de la levita, la seriedad de su mirada…todo había sido un sueño, pensaba ella. Un sueño del que nunca debió despertar, pues nunca se repetiría. Las lágrimas, finalmente, brotaron de sus celestes pupilas. Cerró los ojos. La pesadilla empezó a ganar terreno a los sueños. Y le vio, alejándose en la espesura, jugando con su florete…
Una sonrisa amarga se dibujó en sus labios. Pobre de mí- se dijo- que en mi ansia de encontrar a mi amada, me he dejado llevar por la locura. Mi dulce hada del lago no existe, sus blancas telas no bailan entorno a su cuerpo, mecidas por el viento. Nunca la vi, sólo fue un rayo de luna que, como el del poeta, fue confundido con su vestido. Pero…¿Qué veo? ¿No es aquella mi dama? No, claro que no. Los árboles sólo ocultan en sus sombras otro rayo de luna. Estoy enloqueciendo…de amor…No nací para vivir el amor, sino para soñarlo… Esta es mi condena, por un día fijar mis ojos en su azul mirada…
Ella gritaba, en silencio al parecer, pues su caballero no la oía. Él, vivía inmerso en sus recuerdos, en sus sueños del amor encontrado y perdido. Sólo la cristalina cascada los separaba…pero ellos, envueltos en sus pesares, ella en sus lágrimas, él, en su penitencia…no eran capaces de verse cada noche…pues sólo miraban al infinito, y no a su alrededor…




1 Comments:
Parece que nos van los finales tristes eh¡¡¡ Por cierto, muy romántico todo eh¡¡¡ jejeje, el ambiente, los personajes, los sentimientos¡¡¡ Es triste, pero es real... muchos son los que se asoman a esos lagos... y muchas las que gritan en silencio debajo de los árboles... y ambos quisieran encontrar y no ven... e idealizan lo que se perdió... y vuelven a no ver... quizá algún día él se tropiece con un árbol y por fin encuentre la forma de saber secar las lágrimas... dejemos que el tiempo y su escritora decidan... besetes...
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