Crónica de una muerte anunciada...

Te conocí por casualidad, una noche en la que me sentía perdida, y mareaba los hielos de mi whisky, mientras miraba fijamente las botellas al otro lado de la barra. La música sonaba muy alta, y yo estaba embotada…demasiado como para poder fijarme en quien me rodeaba. El pub estaba en su mejor momento de la noche, atiborrado de gente, y tú, volviendo del baño, me rizaste la espalda en un intento de volver hacia tu mesa. Yo me di la vuelta, medio enfadada, medio sorprendida de que alguien me rozase, de que sintiese que había algo más además de mi misma, y mi vaso ahogado en lágrimas. Y te vi… vi tu sonrisa de disculpa…y sonreí, aceptando tu gesto. Cuando tus ojos se clavaron en los míos, el tiempo se paralizó, nada tenía sentido…tan sólo tu mirada…mi mirada…nuestra mirada…
Todo empezó con una sonrisa de disculpa, y ha de acabar igual. Sé que he hecho mal, que no debí dejarme llevar, pero mis ojos te pidieron cariño, y los tuyos, me pidieron a mi comprensión. La mirada duró horas, y antes de que fuera consciente de ello, tus labios rozaban tímidamente los míos. Lo que mi piel sintió en aquel momento….es indescriptible… Sólo existíamos tú y yo, el resto del mundo, ¿qué importaba? Me acariciaste suavemente la mejilla, mientras me volvías a mirar. No habíamos cruzado palabra alguna, no sabíamos nuestros nombres, pero en cierto modo, nos conocíamos…nuestros ojos así lo establecían.
Han sido muchas las noches en que esta escena se ha repetido desde entonces. Lo desconocido es atrayente, y por eso nos dejábamos llevar…yo mareando mi whisky, tú rozándome la espalda mientras volvías del baño. De nuevo una mirada intensa, de nuevo, un beso, de nuevo, una caricia…y nunca nada más. Pero un día, ni tú ni yo aguantamos, y decidimos dar un paso adelante en nuestro particular teatrillo de marionetas. Me cogiste de la mano, y yo asentí. Salimos del pub, y nos dirigimos a una oscura calleja. Yo no sabía cuáles eran tus intenciones, podrías haberme hecho cualquier cosa….y de hecho, así fue, pero poco me importaba. Lo único que tenía sentido para mi era nuestra actuación diaria. Todo tenía significado para mí…
Tu tez, pálida, nívea, estaba fría. Me llamó la atención, pero era Diciembre…¿qué se podía esperar? Yo sería un carámbano si no estuviera a tu lado. Tus ojos, más claros de lo normal. Pero yo siempre había pensado que era un efecto de la luz que irradiabas. En el callejón, te brillaban más que nunca. Tus labios dibujaban un gesto de placer, pero a la vez de impaciencia, de excitación…los míos sólo eran capaces de buscarte, mientras nos acariciábamos en la oscuridad. Una fría lluvia empezó a caer, mojando nuestra piel, empapando nuestro pelo…tu melena azabache se pegaba a tu espalda, mi recogido se deshizo, y, meciéndose ondulado entre tus dedos, fue rizándose cada vez más. Tú me envolvías con tus brazos, yo, con mi mirada…el vestido blanco, pegado a mi cuerpo, mojado, dejaba entrever mi figura. El frío me dominaba, pero en el fondo no lo sentía. Tú me mirabas con ternura y, quizá, con deseo, no lo sé…quizá simplemente yo quería que me mirases así. El caso es que me mirabas…y cuando te fijabas en mi pecho, tus ojos brillaban más aún. La lluvia seguía cayendo, pero nosotros no la sentíamos, no la oíamos.
De pronto, empezaste a besarme el cuello, con dulzura al principio, pero pronto tu instinto te ganó la partida. Todo mi cuerpo se estremeció ante tu arrebato, y se dejó llevar…pero no sentía el peligro. Antes de que me diera cuenta, sentí un aguijonazo. Tus labios habían servido de avanzadilla hasta (ahora lo sé) que actuaron tus afilados colmillos. El dolor fue intenso, el placer…¿cómo explicarlo? Sabía que iba a morir, pero si era entre tus brazos, qué mas daba que me quedase sin sangre… Asentía cada latido de mi corazón, como si estuviera ante una macabra danza de tambores. Ahora, más que nunca, el tiempo se paralizó, la lluvia cesó en su empeño de arrastrarme con su embrujo…el único embrujo que me envolvía, era el tuyo. Entonces, temblando, te retiraste de mí. Yo estaba muy débil, y tú, a sabiendas, me cogiste en brazos. Ni siquiera tenía fuerzas para agarrarme a tu cuello…mis brazos caían, inertes, a lo que me parecía el vacío. Antes de desmayarme, noté tu mirada, sumida en un mar de lágrimas, clavándose en mi sangrante cuello. No sé cómo, pero la entendí…”Dios mío…qué he hecho…” Intenté acariciarte, sonreírte, decirte que no me importaba, que en el fondo, esto era mi sueño…siempre había querido ser como tú (qué ingenua era). Pero fui incapaz. El sopor de la muerte empezaba a envolverme. Mi cabeza caía, en una incómoda postura, anticipando mi desfallecimiento. Tú llorabas, yo asumía mi destino…
Cuando desperté, el tacto de las sábanas de satén negro era distinto. La luz de la vela, sencillamente, me fas
cinaba. El perfume de la rosa que habías dejado sobre mi pecho, me embriagaba más que cualquier licor que hubiera bebido en vida…Pero todo parecía un lejano sueño. No podía ser real. Cuando volviste, sonreíste aliviado al verme “sana”. Yo, recordando nuestro teatrillo en el pub de cada noche, te devolví la sonrisa. Te sentaste a mi lado, acariciando mi cintura. El escalofrío…cerré los ojos, y sentí, con mi nuevo don, tu mano sobre la seda del camisón. El dosel, tapado con terciopelo rojo, nos mantenía alejados del resto del mundo. Sólo estábamos tú y yo…y la rosa sobre mi pecho. Te inclinaste sobre mi rostro, y me besaste en los labios. Tu lengua me acariciaba, y un sabor, distinto a todo aquel que recordaba, se apoderó de mi gusto…de pronto entendí todo, te conocí realmente, pues tu sangre me dejó hacerlo. Llevabas sólo desde principios del siglo XIX. ¡Cómo no había percibido antes tu aire decadente, tu romanticismo! Sólo veía una melena recogida en un lazo, y una levita, pero pensaba que era tu atrezzo, al igual que mi vestido blanco, virginal, y mi capa de terciopelo negro…
Ahora era como tú, y me sentía dichosa. Tú me pediste perdón con la mirada, yo, te di las gracias. La complicidad que sentíamos en ese momento me cegaba. Pero ahora, años después…Lo siento, mi príncipe oscuro. He de despedirme de ti. No puedo soportar seguir viendo cómo se marchitan mis seres queridos. La eternidad es un tormento. A veces te odio por lo que me hiciste, pero tampoco te lo puedo reprochar. Sé que te sentías sólo, y que necesitabas un vínculo con el nuevo siglo. Pero escogiste mal, porque no sabías que yo acabaría enloqueciendo de pánico, pánico a perderte, pánico a perder mi identidad, pánico a perder a mi familia….Pánico, en definitiva, a tener que hacer lo mismo que me hiciste tú, y a escoger mal, como escogiste mal tú.
Por eso me voy, quiero dormir bajo el manto de hielo, y congelar en mi memoria ese instante en que, indefensa, fui tuya en un callejón oscuro, cercano a nuestro teatro de marionetas particular…






