La escritora
Os voy a contar una historia…una triste historia, que es triste porque la autora así lo decidió mientras la escribía. Muchas veces se ha especulado sobre escritores que se creen a pies juntillas que son sus personajes encarnados…mirad si no a Manrique, que no era otro que el mismísimo Bécquer “autobiografiado”, persiguiendo un rayo de luna, envuelto en locura, pues pensaba que ese rayo era, simplemente, la mujer de sus sueños…
Esta autora, retomemos los hechos, decidió escribir historias tristes, con lo que consiguió que su propia historia fuera contada tristemente…la autora decidió envolverse en un manto gris, que tapaba toda luz exterior…pues tanto escribía de tristeza, que acabó alojándola en lo más profundo de su ser.
Una noche, esta autora, llamémosla Fane (por suprimir palabras) se dio cuenta de que no podía envolverse en sus propias historias, que si vida no era uno de sus tristes cuentos, que no todo acababa en una despedida, en un triste beso, en una tragedia, en un querer y no poder…esa noche, Fane, intentó escribir el cuento más feliz que se hubiera escrito nunca…
Se pasó toda la noche escribien
do, arrugando los papeles que ya tenía dibujados con su caligrafía, las ojeras anidaron en su cara, y, envuelta en su manta, agarrando el té, no conseguía que su corazón se calentase lo suficiente para poder escribir algo amable, alegre…no le salían las palabras adecuadas. De pronto recordó unas palabras que, unas semanas atrás, alguien le había dicho en un alarde de sinceridad: yo sólo se escribir palabras oscuras, deprimentes, bellas…pero oscuras, al fin y al cabo. Una lágrima rodó por su mejilla, pues de pronto se dio cuenta de que sólo servía para eso, para escribir cosas oscuras y tristes…y esa noche, dejó de escribir cuentos…
Los días pasaban, las semanas volaban, y la tristeza que había anidado en su interior, que minó su creatividad, se había hecho más grande. Tanto, que al final la consumió casi por completo. Se sentía bloqueada, y tal era su embotamiento, que dejó de sentir. Se convirtió en una estatua de hielo, de esas que tan artísticamente adornan las mesas en los cócteles de los adinerados…pero de hielo en cualquier caso.
Una mañana, Fane se levantó siendo casi el chasis de su cuerpo. Se dio cuenta de que no podía seguir así y, esta vez de verdad, se propuso cambiar. Esa misma mañana, paseando por el parque que frecuentaba cuando se sentía inspirada cierto tiempo atrás, un caminante fijó su mirada en sus ojos. Ese hecho la maravilló, pues siendo ella lo que era, casi un recuerdo de lo que había llegado a ser, había despertado un interés, por mínimo que fuera, en un desconocido. Fane sonrió tímidamente a ese misterioso personaje, el cual respondió con una leve inclinación de cabeza, y una sonrisa que iluminó por completo aquella deprimente oscuridad que rodeaba a nuestra protagonista. Ambos se quedaron parados frente a frente, observándose, sonriendo, acariciándose con sus miradas…
De nuevo el tiempo corría casi contra reloj, y el invierno se instauró en el parque, pero no importaba: cada mañana, Fane, buscaba desesperadamente la caricia de los ojos de su peculiar salvador…y ese salvador, siempre la recibía con una inclinación de cabeza, y una espectacular sonrisa. Una noche, Fane se decidió a actuar: escribió un relato en el que contaba cóm
o sus historias de desamores y tragedias habían ido consumiendo su alegría, cómo había estado sumergida en su propia soledad, sin salir de casa, sin relacionarse siquiera con los personajes de sus cuentos…y, finalmente, cómo una mañana de otoño, una sonrisa la hizo ver que existía una luz…el cuento terminaba así: “mi luz, eres tú…no te apagues nunca…” Antes del amanecer, salió en dirección al parque, y colgó el relato en la rama del almendro que, sin flores, dejaba ver sus ramas vacías, esqueléticas, como ella. Suspirando, volvió a casa, y decidió dormir un par de horas, hasta que llegase su no verbalizada cita de cada mañana en el parque…
Esa mañana, cuando llegó a la fuente tras la cual veía siempre a su salvador, sólo encontró el vacío. Girándose hacia el almendro que servía de mensajero, vio colgada su propia nota. Como tantas veces le había pasado antes de cruzarse con la mirada del caminante, volvió a regar sus mejillas y a sentirse sumida en la desesperación. Se sentó bajo las desnudas ramas, buscando un abrigo que no tendría, sintiendo la rugosidad de la corteza. Se sintió frustrada, pues lo único que parecía haber conseguido, era que el salvador dejara de iluminarla con su sonrisa…De pronto, algo la acarició la cara…era la hoja donde, de su puño y letra, con esmerada caligrafía, le había regalado a su citado el cuento de su vida…Al mirarlo sin mirar, se percató de que había una caligrafía distinta, en un color verde que la llenó de esperanza. Secándose las lágrimas, lo leyó en alto…
“No tienes por qué escribir historias tristes, pues no todo en ti es tristeza. Este almendro que te ha ayudado a llegar hoy hasta mí, hoy está desnudo, pero pronto estará lleno de unas flores, cuyo aroma embriagará a los enamorados que, bajo sus ramas, se sienten a disfrutar del sol que anuncia la primavera…Yo no soy tu luz, soy como la luna, cuya luz es el puro reflejo del sol…la luz que crees que irradio, es tuya, no mía…”
Su corazón no cabía en sí de gozo. De pronto, el frío que había sentido tiempo atrás, tornó en un calor abrasador…las lágrimas fueron recogidas por su sonrisa, y se dio cuenta de que aún sabía sonreír…la última lágrima que brotó de sus ojos, se acercaba a las comisuras de sus labios, pero no llegó, pues una suave caricia se la llevó: unos dedos delicados la habían recogido. El caminante, arrodillado al lado de Fane, se llevó ese dedo a los labios y lo besó, sonriente. Mirándose a los ojos, el tiempo se paralizó, y se materializó poco después en un dulce beso, que poco a poco fue devolviendo a Fane a la vida…
Esa misma mañana, juntos, caminante y escritora, decidieron pasear, buscando un cuento con final feliz…iluminándose mutuamente…gritando sin palabras su alegría…pues las palabras no eran necesarias…![]()



