El Rincón de la Luna Oscura...

Cuando la noche se hace tu compañera...Cuando las ideas, que llegan a tí en un rapto de de los dioses, se agolpan en tu mente...Cuando las lágrimas quieren instalarse en tus pupilas...Siempre podrás recurrir a aquestos lugares...Siempre te quedará El Rincón de la Luna Oscura...

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Lugar: Madrid, Spain

Estudiante de Historia del Arte

viernes, noviembre 24, 2006

Cuando miraba su rostro, el mundo entero sufría un escalofrío inmenso…

Parecía que el frío se negaba a hacer acto de presencia. El invierno, tímidamente, se asomaba tras el telón, pero era incapaz de salir a escena…le daba vergüenza. De hecho, pocas personas salían a la calle con abrigos, pues era innecesario. Pero, entre la multitud que atestaba las calles de la ciudad, que se engalanaban, sorprendentemente, para la próxima navidad, una figura resaltaba…una figura que nos mostraba su gabardina de cuero negro hasta los pies, alta, esbelta, con una larga melena pelirroja recogida en una trenza, con un lazo negro…sus altos tacones resonaban al andar por las calles…pero andaba sin rumbo, perdida… En este punto, empieza nuestra historia…

La muchacha ojeaba los escaparates de las tiendas del centro, en los que ya aparecían motivos navideños. “Qué jodienda” pensaba “aún faltan dos meses para la navidad, y ya están dando por culo con los anuncios del turrón…” La navidad era una época que ella odiaba, porque siempre estaba sola. No tenía familia, vivía en una ciudad extraña, y las pasaba deprimida, abrazando a Salem, su gato negro, acurrucada en una negra manta, en un oscuro salón, sin ni una tímida luz…todo en su vida era oscuro y deprimente. En el fondo envidiaba a aquellas personas que eran capaces de vestir colores alegres (como aquel chico de la capucha verde botella), que reían por la calle…no podía dejar de mirar a las parejas que paseaban, sonrientes, felices, agarradas de la mano y pregonando al mundo lo mucho que se amaban…las aborrecía…pero era un odio peculiar, pues en el fondo las odiaba, porque ella no tenía esa suerte…

Cuando llegó a su casa, y Salem salió a su encuentro ronroneando, la joven pelirroja lo cogió en brazos, y susurró…”otro año más, y nadie se acuerda de nosotros…” Acurrucada en su manta, se quedó dormida mientras leía cuentos oscuros, más oscuros que su alma…y en su sueño, no era consciente de que pronto su vida iba a cambiar…

La mañana apareció con un cálido sol, que hacía pensar que era una estupidez colgar la estrella del árbol del centro comercial…pero era su trabajo, y aunque estaba asfixiado de calor por la calefacción, tenía que hacerlo. Odiaba el calor, y estaba deseando poder sacar su abrigo del baúl de los recuerdos…pero aún era pronto. Vestía ropa ancha, y la camiseta sin mangas que llevaba le permitía lucir su magnífico tatuaje cuando sus músculos se hinchaban al subir los pesados adornos al árbol. Las chicas del barrio se habían congregado a sus pies, y suspiraban al observarle trabajar. “Dichosas niñatas” pensaba “no me van a dejar respirar”. El joven odiaba ser el centro de atención de las demás muchachas, porque sólo veían en él un cuerpo, y no un alma. “Coño, por qué no habrá alguna normal que me quiera por quién soy, y no por cómo soy”. Podría tener a esa rubia que, sin mucho disimulo, le enseñaba sus muslos mientras se agachaba a recoger un papel del suelo…pero hacía mucho tiempo que se había resignado a estar sólo, pues prefería la soledad a la falsedad. En esos momentos, sólo deseaba que acabaran las navidades que aún no habían empezado, pues se avecinaba una borrachera absolutamente odiosa…

Terminada ya su jornada de trabajo, colgada ya la dichosa estrella, la dejó luciendo en la cúspide del tremendo abeto, y se puso su sudadera, subiendo la capucha para taparse por completo, pues le gustaba pasar desapercibido, y salió del centro comercial en dirección a las calles del núcleo urbano. “Joder, que calor, y todo el mundo revolotea comprando bufandas que aún no pueden ponerse…incluso…”Sus pensamientos se desvanecieron, pues había visto una triste figura, que agarraba su foulard con aprensión, mientras una lágrima rodaba por su mejilla al mirar a la pareja que reía a su lado…Se quedó observando aquella muchacha, con su larga trenza pelirroja…y sintió un impulso de dejarse ver, de hacer desaparecer sus holgadas ropas para que la joven admirase su figura y se enamorase locamente de él. “Pero qué coño pienso…ni así conseguiría conquistar semejante belleza…no puedo aspirar a la perfección…” Dio media vuelta, y salió en dirección a la boca de metro cercana…

…ni el uno, ni la otra, eran conscientes, aún, de que tenían mucho más en común…

Todos los días se repetía la misma historia. La chica pelirroja lloraba tímidamente al sentirse tan sola paseando por la ciudad, mientras su gato la esperaba en el sofá de su minúsculo apartamento…El chico de la capucha seguía intentando pasar desapercibido, pero sólo conseguía que las chicas que tanto babeaban a los pies del árbol, fichasen su peculiar vestimenta, y lo persiguieran durante un rato al salir del centro comercial. Todos los días, el joven aspiraba a dejar atrás a esas muchachas, y conquistar a la figura triste y solitaria del escaparate…Pero ella, nunca se daba la vuelta…aunque juraría que en más de una ocasión, cuando se ponía colores fuertes y vivos, ella lo miraba de reojo…

Por fin, un día, decidió salir del trabajo sin la capucha puesta, y pasó por delante de ella…y ella se fijó en él. Cómo no lo iba a hacer, si sus ojos, de un azul más intenso que el del mar, la habían hechizado nada más verla…dejó de llorar, y ambos se miraron fijamente…pero ella se sonrojó, y salió corriendo hacia el otro lado, haciendo sonar sus botas de tacón. El chico maldijo la existencia de las mujeres, se volvió a poner la capucha, y empezó a andar…sin ser consciente que la pelirroja se había quedado paralizada en un momento dado, y que se dio la vuelta para mirar esa capucha que se perdía por la multitud…Antes de que fuera consciente, corría detrás de la capucha amarilla…corría desesperada, pues necesitaba esos ojos puestos en los suyos de nuevo…

La hora punta hacía el metro intransitable, y no sabía si cogerlo para volver a casa, o ir paseando. A pesar del cansancio, decidió andar…se dio la vuelta…y sus ojos se toparon de pronto con otros verdes, que le llenaron el corazón de esperanza. Un mechón se escapaba de la trenza, y enmarcaba la preciosa carita llena de pecas. Ambos, el joven y la muchacha, se perdieron en la mirada del otro…pupilas azul intenso el uno, pupilas verde manzana la otra…y se hablaron con la mirada. La chica estaba ruborizada, y este hecho resaltaba más sus pecas, que la avergonzaban…mientras que él pensaba que era la chica más perfecta que había visto en su vida. Ella bajó la mirada; él, subió su cabeza suavemente, acariciándole la barbilla al hacerlo. “Mírame a los ojos, por favor…tu mirada me reconforta”.

Ante estas palabras, la joven pelirroja sonrió, y un resoplido de nerviosismo movió el mechón hacia arriba…y él la miró con ternura. Parecía que el resto del mundo iba a toda velocidad, la gente pasaba a su lado como sombras…pero para ellos dos, todo lo que los envolvía era superfluo…sólo existían sus miradas, la mano de él acariciando la mejilla de ella, la mano de ella acariciando los dedos de él…y nada más importaba.

Agarrados de la mano, sonrientes, decidieron ir a tomarse un chocolate caliente en una cafetería cercana. Ella henchida de gozo: un magnífico joven tenía sus dedos entrelazados con los suyos, y andaba orgullosa, con la cabeza bien alta…él se concentraba en el sonido de los tacones para no tropezar, pues se sentía tan absorto en la bella pelirroja que caminaba a su lado, que era incapaz de mantener el equilibrio si no se concentraba. Una mirada los había unido, y las manos entrelazadas presagiaban mucho más. Finalmente llegaron a su destino, y la suave luz de las velas que iluminaban el local, los envolvió en un ambiente íntimo, que aprovecharon para hablar y conocerse. Pero ambos sentían que ya se conocían, que se habían amado en otra vida, y que las palabras eran innecesarias, por lo que pronto dejaron de hablar, y simplemente se miraron.

Tras esta curiosa charla, o cita, llamémoslo como queráis, salieron en dirección a la casa de la pelirroja. Ya en el portal, ella se sonrojó de nuevo..y él no podía parar de admirar sus maravillosas facciones…Ella le propuso subir, y el, sonriéndola, la contestó con el beso más tierno que salió de su alma…la acarició la rosada mejilla, y dio media vuelta para alejarse de allí. Esa noche, Salem notó la inmensa alegría de su dueña, y, a pesar de ser un animal, su inteligencia le dijo que, ese año, no pasarían solos las navidades…

Por fin el frío había decidido salir a actuar en el teatrillo de las estaciones, y había conseguido echar de escena al calor. Ahora sí, la gente salía a la calle con abultados abrigos, y se enfundaban en guantes y bufandas de vivos colores…incluso ella había cambiado su habitual negro riguroso, por un rojo intenso en los complementos. Él, por fin, llevaba su abrigo de pana, y había sacado las botas de montaña, con la esperanza de que pronto empezase a nevar. Había pasado un mes, y la navidad se acercaba, esta vez, de verdad. Todas las tardes paseaban su amor por las calles del centro, cuando él salía de trabajar en el centro comercial, una bufanda roja se agitaba en el aire…y, con los ojos cerrados, sonreía para sí. “No me lo puedo creer”, pensaba, “Esto es como un sueño” respondía la mirada de ella. Se habían encontrado cuando el invierno aún no había llegado, y juntos habían sacado sus prendas de abrigo del armario. Era un símbolo para ambos, pues ambos amaban el invierno, y en el comienzo del mismo, se habían empezado a amar.

A diferencia de otras historias, que acaban con una despedida, nuestra historia acaba con la bienvenida de un nuevo año…con nuestra pareja acomodada en el sofá bajo una manta naranja, con Salem ronroneando sobre las rodillas del joven de la capucha, mientras este, emocionado, mira fijamente los verdes ojos que tanto le apasionan…mientras ella se acurruca en su pecho…y ambos brindan por la llegada de un nuevo año, que verá crecer su amor…Por fin, ella no pasaba las navidades sola y deprimida con su gato…por fin, el había conseguido enamorar a alguien por su mirada y por su ser, no por su magnífico tatuaje…

Por fin, el frío había llegado a la ciudad, y había decidido perder su timidez…y, cuando miraba su rostro, el mundo sufría un escalofrío inmenso…

Quisiera...

Quisiera escribir algo que hiciera que la piel se estremeciera, algo que tuviera un sabor más intenso que cualquier manjar del cielo…quisiera crear belleza con mis palabras…pero me siento incapaz, y perdida en mi intento…

No hay nada tan sublime como la poesía, y yo no sé escribirla. Mis versos se escriben en prosa, mis emociones se disfrazan de metáforas, sí, pero no pueden alcanzar la calidad de los escritores a los que admiro. Quisiera poder ser alguien, pero sólo soy yo misma, y mis circunstancias…circunstancias que me impiden escribir algo especial, circunstancias que me hacen ser una humana mediocre más. No soy capaz de reflexionar coherentemente, mi cabeza está embotada de sentimientos tan negativos, que ni siqueira son bellos. Sólo existe una cosa…la nada…y la nada es lo que compone últimamente mi ser.

Quisiera haceros un regalo en forma de escrito, pero me temo que me quedaré en el intento. La vida no es rosa, pero tampoco es negra…quizá no tenga sentimientos que plasmar en un papel, quizá tenga demasiados, y no sepa por dónde empezar…

Quisiera crear felicidad, y creerme su existencia…

Quisiera…

viernes, septiembre 29, 2006

La escritora

Os voy a contar una historia…una triste historia, que es triste porque la autora así lo decidió mientras la escribía. Muchas veces se ha especulado sobre escritores que se creen a pies juntillas que son sus personajes encarnados…mirad si no a Manrique, que no era otro que el mismísimo Bécquer “autobiografiado”, persiguiendo un rayo de luna, envuelto en locura, pues pensaba que ese rayo era, simplemente, la mujer de sus sueños…

Esta autora, retomemos los hechos, decidió escribir historias tristes, con lo que consiguió que su propia historia fuera contada tristemente…la autora decidió envolverse en un manto gris, que tapaba toda luz exterior…pues tanto escribía de tristeza, que acabó alojándola en lo más profundo de su ser.

Una noche, esta autora, llamémosla Fane (por suprimir palabras) se dio cuenta de que no podía envolverse en sus propias historias, que si vida no era uno de sus tristes cuentos, que no todo acababa en una despedida, en un triste beso, en una tragedia, en un querer y no poder…esa noche, Fane, intentó escribir el cuento más feliz que se hubiera escrito nunca…

Se pasó toda la noche escribiendo, arrugando los papeles que ya tenía dibujados con su caligrafía, las ojeras anidaron en su cara, y, envuelta en su manta, agarrando el té, no conseguía que su corazón se calentase lo suficiente para poder escribir algo amable, alegre…no le salían las palabras adecuadas. De pronto recordó unas palabras que, unas semanas atrás, alguien le había dicho en un alarde de sinceridad: yo sólo se escribir palabras oscuras, deprimentes, bellas…pero oscuras, al fin y al cabo. Una lágrima rodó por su mejilla, pues de pronto se dio cuenta de que sólo servía para eso, para escribir cosas oscuras y tristes…y esa noche, dejó de escribir cuentos…

Los días pasaban, las semanas volaban, y la tristeza que había anidado en su interior, que minó su creatividad, se había hecho más grande. Tanto, que al final la consumió casi por completo. Se sentía bloqueada, y tal era su embotamiento, que dejó de sentir. Se convirtió en una estatua de hielo, de esas que tan artísticamente adornan las mesas en los cócteles de los adinerados…pero de hielo en cualquier caso.

Una mañana, Fane se levantó siendo casi el chasis de su cuerpo. Se dio cuenta de que no podía seguir así y, esta vez de verdad, se propuso cambiar. Esa misma mañana, paseando por el parque que frecuentaba cuando se sentía inspirada cierto tiempo atrás, un caminante fijó su mirada en sus ojos. Ese hecho la maravilló, pues siendo ella lo que era, casi un recuerdo de lo que había llegado a ser, había despertado un interés, por mínimo que fuera, en un desconocido. Fane sonrió tímidamente a ese misterioso personaje, el cual respondió con una leve inclinación de cabeza, y una sonrisa que iluminó por completo aquella deprimente oscuridad que rodeaba a nuestra protagonista. Ambos se quedaron parados frente a frente, observándose, sonriendo, acariciándose con sus miradas…

De nuevo el tiempo corría casi contra reloj, y el invierno se instauró en el parque, pero no importaba: cada mañana, Fane, buscaba desesperadamente la caricia de los ojos de su peculiar salvador…y ese salvador, siempre la recibía con una inclinación de cabeza, y una espectacular sonrisa. Una noche, Fane se decidió a actuar: escribió un relato en el que contaba cómo sus historias de desamores y tragedias habían ido consumiendo su alegría, cómo había estado sumergida en su propia soledad, sin salir de casa, sin relacionarse siquiera con los personajes de sus cuentos…y, finalmente, cómo una mañana de otoño, una sonrisa la hizo ver que existía una luz…el cuento terminaba así: “mi luz, eres tú…no te apagues nunca…” Antes del amanecer, salió en dirección al parque, y colgó el relato en la rama del almendro que, sin flores, dejaba ver sus ramas vacías, esqueléticas, como ella. Suspirando, volvió a casa, y decidió dormir un par de horas, hasta que llegase su no verbalizada cita de cada mañana en el parque…

Esa mañana, cuando llegó a la fuente tras la cual veía siempre a su salvador, sólo encontró el vacío. Girándose hacia el almendro que servía de mensajero, vio colgada su propia nota. Como tantas veces le había pasado antes de cruzarse con la mirada del caminante, volvió a regar sus mejillas y a sentirse sumida en la desesperación. Se sentó bajo las desnudas ramas, buscando un abrigo que no tendría, sintiendo la rugosidad de la corteza. Se sintió frustrada, pues lo único que parecía haber conseguido, era que el salvador dejara de iluminarla con su sonrisa…De pronto, algo la acarició la cara…era la hoja donde, de su puño y letra, con esmerada caligrafía, le había regalado a su citado el cuento de su vida…Al mirarlo sin mirar, se percató de que había una caligrafía distinta, en un color verde que la llenó de esperanza. Secándose las lágrimas, lo leyó en alto…

“No tienes por qué escribir historias tristes, pues no todo en ti es tristeza. Este almendro que te ha ayudado a llegar hoy hasta mí, hoy está desnudo, pero pronto estará lleno de unas flores, cuyo aroma embriagará a los enamorados que, bajo sus ramas, se sienten a disfrutar del sol que anuncia la primavera…Yo no soy tu luz, soy como la luna, cuya luz es el puro reflejo del sol…la luz que crees que irradio, es tuya, no mía…”


Su corazón no cabía en sí de gozo. De pronto, el frío que había sentido tiempo atrás, tornó en un calor abrasador…las lágrimas fueron recogidas por su sonrisa, y se dio cuenta de que aún sabía sonreír…la última lágrima que brotó de sus ojos, se acercaba a las comisuras de sus labios, pero no llegó, pues una suave caricia se la llevó: unos dedos delicados la habían recogido. El caminante, arrodillado al lado de Fane, se llevó ese dedo a los labios y lo besó, sonriente. Mirándose a los ojos, el tiempo se paralizó, y se materializó poco después en un dulce beso, que poco a poco fue devolviendo a Fane a la vida…

Esa misma mañana, juntos, caminante y escritora, decidieron pasear, buscando un cuento con final feliz…iluminándose mutuamente…gritando sin palabras su alegría…pues las palabras no eran necesarias…

viernes, septiembre 22, 2006

Y todo parecía un cuento de hadas...

Y todo parecía un cuento de hadas…

El aire olía a ozono, pero daba igual que su rostro recibiera las gotas que caían del nublado cielo, pues su cielo era azul, brillante, cálido, y el aroma, agradable, como siempre que se anticipa la lluvia… Hacía frío, sí, pero cuando el corazón está lleno de calor, no se siente la temperatura exterior, es algo banal, pasajero…da igual…el caso es que todos los problemas parecían resbalar como la lluvia en su impermeable. Aparentemente, todo iba bien, el sol brillaba, las noches eran cálidas…nada entristecía su mirada.

Las ninfas acompañaban su caminar, lanzaban flores a su paso, cubrían sus cabellos con hojas y frutos silvestres…la menta se enredaba en sus pupilas, y la hierbabuena, actuaba de su perfume. Era septiembre, las moras empezaban a endulzar en las zarzas los paseos de los caminantes, los colores empezaban a buscar la tierra, abandonando el sol abrasador…la estación estaba cambiando, y en su interior, también parecía haber una diferencia, tímida, pero diferencia, al fin y al cabo…

Pero de pronto, un día, llegó el frío, un frío helador, que ni su corazón conseguía paliar. Ese día, el ambiente estaba cargado, la ciudad había dejado de ser el bosque de los duendes, las bayas eran colillas en las aceras, no había ninfas, ni flores, ni olores dulces…de hecho, nada estaba dulcificado. Quizá todo había sido un sueño, una fantasía…las hadas no existen…pero se negaba a creer que podría empeorar todo de nuevo, como estaba antes de sus paseos a la luz de la luna, guiada por las luciérnagas…no podía volver a la oscuridad, a la “nada” de la que con tanto esfuerzo había conseguido salir…Entonces, empezó a sentir miedo…

Y todo parecía un cuento de hadas…

martes, julio 25, 2006

Crónica de una muerte anunciada...


Te conocí por casualidad, una noche en la que me sentía perdida, y mareaba los hielos de mi whisky, mientras miraba fijamente las botellas al otro lado de la barra. La música sonaba muy alta, y yo estaba embotada…demasiado como para poder fijarme en quien me rodeaba. El pub estaba en su mejor momento de la noche, atiborrado de gente, y tú, volviendo del baño, me rizaste la espalda en un intento de volver hacia tu mesa. Yo me di la vuelta, medio enfadada, medio sorprendida de que alguien me rozase, de que sintiese que había algo más además de mi misma, y mi vaso ahogado en lágrimas. Y te vi… vi tu sonrisa de disculpa…y sonreí, aceptando tu gesto. Cuando tus ojos se clavaron en los míos, el tiempo se paralizó, nada tenía sentido…tan sólo tu mirada…mi mirada…nuestra mirada…

Todo empezó con una sonrisa de disculpa, y ha de acabar igual. Sé que he hecho mal, que no debí dejarme llevar, pero mis ojos te pidieron cariño, y los tuyos, me pidieron a mi comprensión. La mirada duró horas, y antes de que fuera consciente de ello, tus labios rozaban tímidamente los míos. Lo que mi piel sintió en aquel momento….es indescriptible… Sólo existíamos tú y yo, el resto del mundo, ¿qué importaba? Me acariciaste suavemente la mejilla, mientras me volvías a mirar. No habíamos cruzado palabra alguna, no sabíamos nuestros nombres, pero en cierto modo, nos conocíamos…nuestros ojos así lo establecían.

Han sido muchas las noches en que esta escena se ha repetido desde entonces. Lo desconocido es atrayente, y por eso nos dejábamos llevar…yo mareando mi whisky, tú rozándome la espalda mientras volvías del baño. De nuevo una mirada intensa, de nuevo, un beso, de nuevo, una caricia…y nunca nada más. Pero un día, ni tú ni yo aguantamos, y decidimos dar un paso adelante en nuestro particular teatrillo de marionetas. Me cogiste de la mano, y yo asentí. Salimos del pub, y nos dirigimos a una oscura calleja. Yo no sabía cuáles eran tus intenciones, podrías haberme hecho cualquier cosa….y de hecho, así fue, pero poco me importaba. Lo único que tenía sentido para mi era nuestra actuación diaria. Todo tenía significado para mí…

Tu tez, pálida, nívea, estaba fría. Me llamó la atención, pero era Diciembre…¿qué se podía esperar? Yo sería un carámbano si no estuviera a tu lado. Tus ojos, más claros de lo normal. Pero yo siempre había pensado que era un efecto de la luz que irradiabas. En el callejón, te brillaban más que nunca. Tus labios dibujaban un gesto de placer, pero a la vez de impaciencia, de excitación…los míos sólo eran capaces de buscarte, mientras nos acariciábamos en la oscuridad. Una fría lluvia empezó a caer, mojando nuestra piel, empapando nuestro pelo…tu melena azabache se pegaba a tu espalda, mi recogido se deshizo, y, meciéndose ondulado entre tus dedos, fue rizándose cada vez más. Tú me envolvías con tus brazos, yo, con mi mirada…el vestido blanco, pegado a mi cuerpo, mojado, dejaba entrever mi figura. El frío me dominaba, pero en el fondo no lo sentía. Tú me mirabas con ternura y, quizá, con deseo, no lo sé…quizá simplemente yo quería que me mirases así. El caso es que me mirabas…y cuando te fijabas en mi pecho, tus ojos brillaban más aún. La lluvia seguía cayendo, pero nosotros no la sentíamos, no la oíamos.

De pronto, empezaste a besarme el cuello, con dulzura al principio, pero pronto tu instinto te ganó la partida. Todo mi cuerpo se estremeció ante tu arrebato, y se dejó llevar…pero no sentía el peligro. Antes de que me diera cuenta, sentí un aguijonazo. Tus labios habían servido de avanzadilla hasta (ahora lo sé) que actuaron tus afilados colmillos. El dolor fue intenso, el placer…¿cómo explicarlo? Sabía que iba a morir, pero si era entre tus brazos, qué mas daba que me quedase sin sangre… Asentía cada latido de mi corazón, como si estuviera ante una macabra danza de tambores. Ahora, más que nunca, el tiempo se paralizó, la lluvia cesó en su empeño de arrastrarme con su embrujo…el único embrujo que me envolvía, era el tuyo. Entonces, temblando, te retiraste de mí. Yo estaba muy débil, y tú, a sabiendas, me cogiste en brazos. Ni siquiera tenía fuerzas para agarrarme a tu cuello…mis brazos caían, inertes, a lo que me parecía el vacío. Antes de desmayarme, noté tu mirada, sumida en un mar de lágrimas, clavándose en mi sangrante cuello. No sé cómo, pero la entendí…”Dios mío…qué he hecho…” Intenté acariciarte, sonreírte, decirte que no me importaba, que en el fondo, esto era mi sueño…siempre había querido ser como tú (qué ingenua era). Pero fui incapaz. El sopor de la muerte empezaba a envolverme. Mi cabeza caía, en una incómoda postura, anticipando mi desfallecimiento. Tú llorabas, yo asumía mi destino…

Cuando desperté, el tacto de las sábanas de satén negro era distinto. La luz de la vela, sencillamente, me fascinaba. El perfume de la rosa que habías dejado sobre mi pecho, me embriagaba más que cualquier licor que hubiera bebido en vida…Pero todo parecía un lejano sueño. No podía ser real. Cuando volviste, sonreíste aliviado al verme “sana”. Yo, recordando nuestro teatrillo en el pub de cada noche, te devolví la sonrisa. Te sentaste a mi lado, acariciando mi cintura. El escalofrío…cerré los ojos, y sentí, con mi nuevo don, tu mano sobre la seda del camisón. El dosel, tapado con terciopelo rojo, nos mantenía alejados del resto del mundo. Sólo estábamos tú y yo…y la rosa sobre mi pecho. Te inclinaste sobre mi rostro, y me besaste en los labios. Tu lengua me acariciaba, y un sabor, distinto a todo aquel que recordaba, se apoderó de mi gusto…de pronto entendí todo, te conocí realmente, pues tu sangre me dejó hacerlo. Llevabas sólo desde principios del siglo XIX. ¡Cómo no había percibido antes tu aire decadente, tu romanticismo! Sólo veía una melena recogida en un lazo, y una levita, pero pensaba que era tu atrezzo, al igual que mi vestido blanco, virginal, y mi capa de terciopelo negro…

Ahora era como tú, y me sentía dichosa. Tú me pediste perdón con la mirada, yo, te di las gracias. La complicidad que sentíamos en ese momento me cegaba. Pero ahora, años después…Lo siento, mi príncipe oscuro. He de despedirme de ti. No puedo soportar seguir viendo cómo se marchitan mis seres queridos. La eternidad es un tormento. A veces te odio por lo que me hiciste, pero tampoco te lo puedo reprochar. Sé que te sentías sólo, y que necesitabas un vínculo con el nuevo siglo. Pero escogiste mal, porque no sabías que yo acabaría enloqueciendo de pánico, pánico a perderte, pánico a perder mi identidad, pánico a perder a mi familia….Pánico, en definitiva, a tener que hacer lo mismo que me hiciste tú, y a escoger mal, como escogiste mal tú.




Por eso me voy, quiero dormir bajo el manto de hielo, y congelar en mi memoria ese instante en que, indefensa, fui tuya en un callejón oscuro, cercano a nuestro teatro de marionetas particular…

sábado, julio 22, 2006

You don't see me at all...



Una fría llovizna cubría la noche. La luna, llena en todo su esplendor, eclipsaba la luz de las estrellas. El cielo vigilaba una figura solitaria, a orillas de un oscuro lago. Esa figura, vestida con su ceñida levita, jugaba con el florete que llevaba colgado del cinturón. Habían empezado a ponerse de moda unos artilugios diabólicos, que gracias a la pólvora, inventada por los habitantes de las lejanas tierras del Oriente, mataban sin remordimiento. Pero él seguía confiando en su acero, que tantas veces le había ayudado en los duelos celebrados en las pestilentes callejas de la ciudad. Jugaba, decíamos, distraído, sumergido en sus pensamientos, mientras escuchaba el ulular de las lechuzas y la música del agua fluyendo en la pequeña cascada que se encontraba a su lado. El lago parecía tranquilo, pero él sabía que en el fondo de las frías aguas, se encontraba su alma, atrapada en los brazos del hada que un día lo enamoró…


Oculta tras los árboles, apoyando su espalda en el tronco de un frondoso ejemplar, ella miraba hacia el infinito. Sus blancos tules habían sido rasgados por los arbustos en su huída desesperada. Su pecho, abultado y sensual, se agitaba nerviosamente, humedecido por el sudor de la carrera, y por el rocío que se posaba en su piel por la llovizna. Sus ojos igualmente, aunque perdidos en un mundo distante, estaban humedecidos y brillantes. El llanto llamaba a su puerta, y ella sabía que no podría impedirle el paso. Ella también jugaba, distraída, con un jirón de su falda. Sus párpados pugnaban por cerrarse, para permitir que las lágrimas resbalasen por sus mejillas, pero su mente, perdida en sus sueños, la hacía mantenerlos abiertos, pues le advertía del peligro de que, al ser cerrados, los sueños se tornasen pesadillas. El cántico de la cascada la recordaba aquella noche de verano, con la luna llena, como esa noche…El baño que se dio para paliar el calor, y al salir…su caballero…su salvador…la misteriosa figura que la enamoró…

¿Qué habrá sido del hada que se llevó mi alma? Se preguntaba él. Desde aquella lejana noche de verano, iba a diario a aquel lugar. Le preocupaba más el bienestar de la dama del lago, que su propia cordura. Las blancas vestiduras, pegadas a su cuerpo, traslúcidas, que invitaban a abrazarlo y protegerlo… La dama salió del lago. Él la miró, embelesado, y le ofreció su levita para protegerla del viento que mecía las hojas de los árboles. Ella respondió con una tímida sonrisa, bajando la mirada, en cierto modo temerosa. Él supo entonces que ese adorable ser, le acercaría a la locura. Pero la locura era un mal deseable, si por ella, podía tenerla entre sus brazos.

¿Por qué- pensaba ella- no responde a mi llamada? ¿Por qué-se repetía- vengo aquí cada noche, y me siento bajo la copa que un día nos sirvió de dosel, y él no aparece? Sin duda está inmerso en un duelo a muerte, un duelo eterno, que lo alejará de mi. El olor de su melena aún permanecía grabado en su mente. Si cerraba los ojos, y se dejaba llevar por sus sueños, lo olía…era tan dulce…que parecía pura miel en sus labios… El calor de la levita, la seriedad de su mirada…todo había sido un sueño, pensaba ella. Un sueño del que nunca debió despertar, pues nunca se repetiría. Las lágrimas, finalmente, brotaron de sus celestes pupilas. Cerró los ojos. La pesadilla empezó a ganar terreno a los sueños. Y le vio, alejándose en la espesura, jugando con su florete…

Una sonrisa amarga se dibujó en sus labios. Pobre de mí- se dijo- que en mi ansia de encontrar a mi amada, me he dejado llevar por la locura. Mi dulce hada del lago no existe, sus blancas telas no bailan entorno a su cuerpo, mecidas por el viento. Nunca la vi, sólo fue un rayo de luna que, como el del poeta, fue confundido con su vestido. Pero…¿Qué veo? ¿No es aquella mi dama? No, claro que no. Los árboles sólo ocultan en sus sombras otro rayo de luna. Estoy enloqueciendo…de amor…No nací para vivir el amor, sino para soñarlo… Esta es mi condena, por un día fijar mis ojos en su azul mirada…

Ella gritaba, en silencio al parecer, pues su caballero no la oía. Él, vivía inmerso en sus recuerdos, en sus sueños del amor encontrado y perdido. Sólo la cristalina cascada los separaba…pero ellos, envueltos en sus pesares, ella en sus lágrimas, él, en su penitencia…no eran capaces de verse cada noche…pues sólo miraban al infinito, y no a su alrededor…

El Rincón de la Luna Oscura...


En las últimas noches, demasiadas ideas rondan por mi cabeza. Quizá el calor, quizá el retomar mi supuesta actividad "literaria", quizá los retazos de historias que siempre se quedan en mi mente, me han llevado a encender la llama de la vela del insomnio, y mientras la observo, analizo su dulce baile, me siento tranquila. Mi alma se ve reconfortada gracias a estos momentos en los que los cuentos, los personajes, las tramas y los escenarios, vienen a mi mente, en un mundo onírico, soñado, pero muy mío. Tras pensarlo mucho tiempo, he decidido darme una oportunidad, o más bien, darle una oportunidad a mi vena de escritora amateur, y, sobre todo, darle una oportunidad a la creación de un blog. En esta decisión, he de decir, ha influido mucho las conversaciones con algún que otro troll, así como la lectura de sus héroes y damas en apuros (que, en muchas ocasiones, intercambian sus papeles, siendo heroínas y caballeros en apuros, aunque aprezca extraño). Pero bueno, supongo que mis sentimientos necesitan salir, y no sólo en forma de blanparanoias, sino en forma de relatos. Espero estar a la altura de las musas, y de los posibles lectores de mis escritos, o de los que suba para introduciros en mis pensamientos, aunque no estén escritos por una servidora. Sin más, os deseo una feliz estancia en la penumbra que nos proporcionará este....mi Rincón de la Luna Oscura...