Parecía que el frío se negaba a hacer acto de presencia. El invierno, tímidamente, se asomaba tras el telón, pero era incapaz de salir a escena…le daba vergüenza. De hecho, pocas personas salían a la calle con abrigos, pues era innecesario. Pero, entre la multitud que atestaba las calles de la ciudad, que se engalanaban, sorprendentemente, para la próxima navidad, una figura resaltaba…una figura que nos mostraba su gabardina de cuero negro hasta los pies, alta, esbelta, con una larga melena pelirroja recogida en una trenza, con un lazo negro…sus altos tacones resonaban al andar por las calles…pero andaba sin rumbo, perdida… En este punto, empieza nuestra historia…
La muchacha ojeaba los escaparates de las tiendas del centro, en los que ya aparecían motivos navideños. “Qué jodienda” pensaba “aún faltan dos meses para la navidad, y ya están dando por culo con los anuncios del turrón…” La navidad era una época que ella odiaba, porque siempre estaba sola. No tenía familia, vivía en una ciudad extraña, y las pasaba deprimida, abrazando a Salem, su gato negro, acurrucada en una negra manta, en un oscuro salón, sin ni una tímida luz…todo en su vida era oscuro y deprimente. En el fondo envidiaba a aquellas personas que eran capaces de vestir colores alegres (como aquel chico de la capucha verde botella), que reían por la calle…no podía dejar de mirar a las parejas que paseaban, sonrientes, felices, agarradas de la mano y pregonando al mundo lo mucho que se amaban…las aborrecía…pero era un odio peculiar, pues en el fondo las odiaba, porque ella no tenía esa suerte…
Cuando llegó a su casa, y Salem salió a su encuentro ronroneando, la joven pelirroja lo cogió en brazos, y susurró…”otro año más, y nadie se acuerda de nosotros…” Acurrucada en su manta, se quedó dormida mientras leía cuentos oscuros, más oscuros que su alma…y en su sueño, no era consciente de que pronto su vida iba a cambiar…
La mañana apareció con un cálido sol, que hacía pensar que era una estupidez colgar la estrella del árbol del centro comercial…pero era su trabajo, y aunque estaba asfixiado de calor por la calefacción, tenía que hacerlo. Odiaba el calor, y estaba deseando poder sacar su abrigo del baúl de los recuerdos…pero aún era pronto. Vestía ropa ancha, y la camiseta sin mangas que llevaba le permitía lucir su magnífico tatuaje cuando sus músculos se hinchaban al subir los pesados adornos al árbol. Las chicas del barrio se habían congregado a sus pies, y suspiraban al observarle trabajar. “Dichosas niñatas” pensaba “no me van a dejar respirar”. El joven odiaba ser el centro de atención de las demás muchachas, porque sólo veían en él un cuerpo, y no un alma. “Coño, por qué no habrá alguna normal que me quiera por quién soy, y no por cómo soy”. Podría tener a esa rubia que, sin mucho disimulo, le enseñaba sus muslos mientras se agachaba a recoger un papel del suelo…pero hacía mucho tiempo que se había resignado a estar sólo, pues prefería la soledad a la falsedad. En esos momentos, sólo deseaba que acabaran las navidades que aún no habían empezado, pues se avecinaba una borrachera absolutamente odiosa…
Terminada ya su jornada de trabajo, colgada ya la dichosa estrella, la dejó luciendo en la cúspide del tremendo abeto, y se puso su sudadera, subiendo la capucha para taparse por completo, pues le gustaba pasar desapercibido, y salió del centro comercial en dirección a las calles del núcleo urbano. “Joder, que calor, y todo el mundo revolotea comprando bufandas que aún no pueden ponerse…incluso…”Sus pensamientos se desvanecieron, pues había visto una triste figura, que agarraba su foulard con aprensión, mientras una lágrima rodaba por su mejilla al mirar a la pareja que reía a su lado…Se quedó observando aquella muchacha, con su larga trenza pelirroja…y sintió un impulso de dejarse ver, de hacer desaparecer sus holgadas ropas para que la joven admirase su figura y se enamorase locamente de él. “Pero qué coño pienso…ni así conseguiría conquistar semejante belleza…no puedo aspirar a la perfección…” Dio media vuelta, y salió en dirección a la boca de metro cercana…
…ni el uno, ni la otra, eran conscientes, aún, de que tenían mucho más en común…
Todos los días se repetía la misma historia. La chica pelirroja lloraba tímidamente al sentirse tan sola paseando por la ciudad, mientras su gato la esperaba en el sofá de su minúsculo apartamento…El chico de la capucha seguía intentando pasar desapercibido, pero sólo conseguía que las chicas que tanto babeaban a los pies del árbol, fichasen su peculiar vestimenta, y lo persiguieran durante un rato al salir del centro comercial. Todos los días, el joven aspiraba a dejar atrás a esas muchachas, y conquistar a la figura triste y solitaria del escaparate…Pero ella, nunca se daba la vuelta…aunque juraría que en más de una ocasión, cuando se ponía colores fuertes y vivos, ella lo miraba de reojo…
Por fin, un día, decidió salir del trabajo sin la capucha puesta, y pasó por delante de ella…y ella se fijó en él. Cómo no lo iba a hacer, si sus ojos, de un azul más intenso que el del mar, la habían hechizado nada más verla…dejó de llorar, y ambos se miraron fijamente…pero ella se sonrojó, y salió corriendo hacia el otro lado, haciendo sonar sus botas de tacón. El chico maldijo la existencia de las mujeres, se volvió a poner la capucha, y empezó a andar…sin ser consciente que la pelirroja se había quedado paralizada en un momento dado, y que se dio la vuelta para mirar esa capucha que se perdía por la multitud…Antes de que fuera consciente, corría detrás de la capucha amarilla…corría desesperada, pues necesitaba esos ojos puestos en los suyos de nuevo…
La hora punta hacía el metro intransitable, y no sabía si cogerlo para volver a casa, o ir paseando. A pesar del cansancio, decidió andar…se dio la vuelta…y sus ojos se toparon de pronto con otros verdes, que le llenaron el corazón de esperanza. Un mechón se escapaba de la trenza, y enmarcaba la preciosa carita llena de pecas. Ambos, el joven y la muchacha, se perdieron en la mirada del otro…pupilas azul intenso el uno, pupilas verde manzana la otra…y se hablaron con la mirada. La chica estaba ruborizada, y este hecho resaltaba más sus pecas, que la avergonzaban…mientras que él pensaba que era la chica más perfecta que había visto en su vida. Ella bajó la mirada; él, subió su cabeza suavemente, acariciándole la barbilla al hacerlo. “Mírame a los ojos, por favor…tu mirada me reconforta”.
Ante estas palabras, la joven pelirroja sonrió, y un resoplido de nerviosismo movió el mechón hacia arriba…y él la miró con ternura. Parecía que el resto del mundo iba a toda velocidad, la gente pasaba a su lado como sombras…pero para ellos dos, todo lo que los envolvía era superfluo…sólo existían sus miradas, la mano de él acariciando la mejilla de ella, la mano de ella acariciando los dedos de él…y nada más importaba.
Agarrados de la mano, sonrientes, decidieron ir a tomarse un chocolate caliente en una cafetería cercana. Ella henchida de gozo: un magnífico joven tenía sus dedos entrelazados con los suyos, y andaba orgullosa, con la cabeza bien alta…él se concentraba en el sonido de los tacones para no tropezar, pues se sentía tan absorto en la bella pelirroja que caminaba a su lado, que era incapaz de mantener el equilibrio si no se concentraba. Una mirada los había unido, y las manos entrelazadas presagiaban mucho más. Finalmente llegaron a su destino, y la suave luz de las velas que iluminaban el local, los envolvió en un ambiente íntimo, que aprovecharon para hablar y conocerse. Pero ambos sentían que ya se conocían, que se habían amado en otra vida, y que las palabras eran innecesarias, por lo que pronto dejaron de hablar, y simplemente se miraron.
Tras esta curiosa charla, o cita, llamémoslo como queráis, salieron en dirección a la casa de la pelirroja. Ya en el portal, ella se sonrojó de nuevo..y él no podía parar de admirar sus maravillosas facciones…Ella le propuso subir, y el, sonriéndola, la contestó con el beso más tierno que salió de su alma…la acarició la rosada mejilla, y dio media vuelta para alejarse de allí. Esa noche, Salem notó la inmensa alegría de su dueña, y, a pesar de ser un animal, su inteligencia le dijo que, ese año, no pasarían solos las navidades…
Por fin el frío había decidido salir a actuar en el teatrillo de las estaciones, y había conseguido echar de escena al calor. Ahora sí, la gente salía a la calle con abultados abrigos, y se enfundaban en guantes y bufandas de vivos colores…incluso ella había cambiado su habitual negro riguroso, por un rojo intenso en los complementos. Él, por fin, llevaba su abrigo de pana, y había sacado las botas de montaña, con la esperanza de que pronto empezase a nevar. Había pasado un mes, y la navidad se acercaba, esta vez, de verdad. Todas las tardes paseaban su amor por las calles del centro, cuando él salía de trabajar en el centro comercial, una bufanda roja se agitaba en el aire…y, con los ojos cerrados, sonreía para sí. “No me lo puedo creer”, pensaba, “Esto es como un sueño” respondía la mirada de ella. Se habían encontrado cuando el invierno aún no había llegado, y juntos habían sacado sus prendas de abrigo del armario. Era un símbolo para ambos, pues ambos amaban el invierno, y en el comienzo del mismo, se habían empezado a amar.
A diferencia de otras historias, que acaban con una despedida, nuestra historia acaba con la bienvenida de un nuevo año…con nuestra pareja acomodada en el sofá bajo una manta naranja, con Salem ronroneando sobre las rodillas del joven de la capucha, mientras este, emocionado, mira fijamente los verdes ojos que tanto le apasionan…mientras ella se acurruca en su pecho…y ambos brindan por la llegada de un nuevo año, que verá crecer su amor…Por fin, ella no pasaba las navidades sola y deprimida con su gato…por fin, el había conseguido enamorar a alguien por su mirada y por su ser, no por su magnífico tatuaje…
Por fin, el frío había llegado a la ciudad, y había decidido perder su timidez…y, cuando miraba su rostro, el mundo sufría un escalofrío inmenso…








